Las Crónicas del Oso (2)

LAS CRÓNICAS DEL OSO

 

 

 

26 de marzo: Escape de Nueva York

 

Huir de la Estatua de la Libertad requirió de mis mejores dotes dialécticas (de las cuales me siento muy orgulloso, teniendo en cuenta que hace tan solo dos meses no sabía hablar). Cuando me rodearon los cinco guardias, el que iba al mando se dirigió a mí con un retintín inicial que no me dio buenas vibraciones:

- ¿Dónde está su cámara, Señor Fotógrafo de 'Time'?

- ¿Es una pregunta con trampa? -respondí muy digno.

- La trampa es usted, me temo.

- ¿Te temes? ¿Por qué? ¿Acaso te escondes debajo de la cama por las noches para darte sustos mientras duermes? Eso a mí me aterraría.

- Más te aterrará la jaula donde te vamos a meter.

- ¡Ah, no! Eso sí que no. Con jaulas he tenido ya excesivo trato. Echaremos a suertes quién de los seis es encerrado, reconoceréis que es lo justo. A ver, decid cada uno un número del 1 al 10.

Dos de los guardias comenzaron a pensar su número con los ojos entrecerrados en sublime esfuerzo concentratorio, pero el que llevaba la voz cantante carecía de sentido de la equidad. Menudo bribón.

- ¡Nada de sorteos! -exclamó furibundo.

- ¡Ni de tebeos! -añadí.

- ¿Tebeos?

- No, gracias, ¿acaso pretendes que me ponga a leer tebeos un viernes?

- ¿Qué...? No, hoy es sábado.

- ¡Cielos, pues qué tarde llego! ¿Podría alguien acercarme a la Estación Central? ¡Mi tren partía ayer!

 

El guardia más joven (que tiene un bonito Toyota verde oliva) me ha dejado hace pocos minutos frente a la Estación Central. Pero la policía me está buscando con ahínco. Al parecer, el puerto ya ha sido asegurado y las patrullas están por todas partes. He escuchado por la megafonía la alerta de que anda suelto un plantígrado saboteador de dos metros y medio con una camisa azul rasgada. Se le considera un oso peligroso.

 

Tomo aire y me deslizo como un ninja hacia el interior de la estación, camuflado entre la muchedumbre. Camino agachado, de puntillas, sigiloso. Soy invisible. Alguien grita. Cuatro brazos me señalan. Cachis... Corro hacia los andenes, ojeo los destinos rápidamente y no lo dudo: me meto de un salto en el vagón de mercancías de un tren que acaba de arrancar rumbo al único lugar del mundo donde un enorme oso parlanchín pasaría desapercibido: Hollywood.

 

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