Las Crónicas del Oso (4)

LAS CRÓNICAS DEL OSO

 

 

 

30 de marzo: Con las zarpas en la masa

 

Necesito meter el hocico en el mundo del cine, y ese puesto de doble en escenas de acción será mi pasaporte. Pero primero tengo que reunir el dinero para comprarme el paracaídas (¡200 dólares cuesta ese cacho de tela, según el escaparate de la tienda!).

 

Primera ocurrencia: pasear perros. Voy al parque y, con mis mejores sonrisas, consigo que tres personas me cedan a sus canes. Mala idea. Mis principios morales son más poderosos que mis necesidades monetarias: en cuanto se alejan sus dueños, les quito el collar para que corran libres y regresen a la naturaleza. Los muy tontos salen disparados hacia sus amos, que se sorprenden al ver a sus mascotas sin collar y se dirigen hacia mí con muy malas pulgas. Pongo pies en polvorosa.

 

En mi huida paso por delante de un restaurante oriental con la fachada muy roja y muy llena de dragones retorcidos. Pero lo que me llama la atención es un pequeño cartel pegado en la ventana: "SE NECESITA AYUDANTE DE COCINA". Entro de un salto en el local, arranco el cartel de un zarpazo y se lo entrego hecho trizas a un hombre trajeado que parece el dueño. Grita y escapa del restaurante aterrado. Era un cliente. El verdadero dueño intenta echarme a escobazos, pero, tras romperme el palo en la cabeza, considera que mi fortaleza puede ser útil y me conduce a la cocina.

 

Allí conozco a mis nuevos compañeros, Chan y Lee (en la imagen). Son buena gente. Me ponen a fregar platos. Me cargo cuatro copas y, mientras froto en círculos una bandeja metálica produciendo un crispante chirrido con mis afiladas garras, deciden que estoy preparado para cocinar yo la sopa y dejar la vajilla tranquila.

-Más sal -me aconseja Chan. Obediente, abro un paquete de medio kilo y lo vierto enterito.

-Más zanahoria -me indica Lee-. Debe quedar de color naranja, no rojo.

De cocina no tengo ni idea, pero de teoría cromática ando sobrado, y sé que para pasar del rojo al naranja lo mejor es añadir amarillo. Así que echo un racimo de plátanos, tres limones y doce yemas de huevo. Sirvo la sopa en cuatro platos y el camarero los recoge para servirlos. Un minuto después se oye:

-¡Exijo ver al chef!

El camarero viene a por mí y me arrastra ante el cliente, que me mira con el ceño fruncido. Al menos sigue vivo.

-¡Un oso! -se sorprende- ¿Ha cocinado mi sopa un oso? Pues, para un plantígrado, no está tan mal... Venga, bah, toma una propina. No puedo enfadarme con un pobre oso.

 

¿Compasión por mi condición de oso? ¿Acaso me considera inferior? Mi ego me impulsa a exigirle un duelo por la ofensa, pero cuando veo los dos billetes de cien pavos que me coloca en la zarpa, no puedo reprimir un aullido de alegría. Salgo disparado del restaurante, antes de que cierren la tienda de deportes.

Continuará -->